El pasado templario de las Terres de l’Ebre

Blanco, negro y rojo eran sus colores y proteger a los peregrinos que emprendían su viaje hacia Tierra Santa, su misión. Mitad monjes, mitad soldados, los templarios fueron protagonistas en el Medievo, convirtiéndose en el motor económico y cultural de gran parte del continente europeo. Ya sea por los siglos transcurridos desde su desaparición o por el deseo de aquellos que querían borrar parte del pasado, la historia de los templarios siempre ha estado envuelta en un aura de misterio; enterrada de tal forma que algunos territorios aún desconocen que, siglos atrás, fueron conquistados por estos caballeros. No es el caso de las Terres de l’Ebre donde investigadores, historiadores y curiosos han escarbado hasta dar con la importante base de operaciones allí establecida. Miravet, Tortosa, l’Ametlla de Mar, Horta de Sant Joan, Batea, Arnés, Corbera d’Ebre, y muchos otros, siguen siendo testigos de la geografía templaria, hoy en día convertida en un atractivo turístico para el visitante.

El origen de la Orden del Temple se remonta al año 1.118 en Jerusalén. Conocida inicialmente como la Orden de los Pobres Soldados de Cristo, nueve caballeros formaron la primera orden en el antiguo Templo de Salomón, de donde proviene la denominación “templario”. Su nacimiento se produjo poco después de la I Cruzada, nombre que se otorgaba a las campañas militares impulsadas por el Papado con el objetivo de restablecer el control cristiano, y en las que musulmanes, judíos y paganos, principalmente, fueron perseguidos.

Los caballeros de la Orden se caracterizaban por su espesa barba y la cabeza rasurada. Su vestimenta consistía en una túnica y capa de color blanco, con una cruz patada (aquella cuyos brazos se estrechan en el centro y son más anchos en los extremos) de color rojo entre la parte izquierda del pecho y el hombro. Los templarios vivían según la disciplina castrense, con oraciones diarias, y de forma austera.

Con la misión de escoltar al gran número de peregrinos que emprendían su temerario viaje hacia Tierra Santa, la milicia se fue desarrollando rápidamente y conquistando nuevos territorios por toda la geografía europea. Su expansión llegó hasta la España cristiana, donde crearon una amplia red de suministros, las llamadas comandas, que poco a poco dieron paso a pequeñas factorías capaces de generar gran riqueza. Muchas de estas comandas se ubicaron en la provincia de Tarragona, concretamente en la Ribera d’Ebre, el Baix Ebre y la Terra Alta.

Su capacidad de trabajo, la protección de Papas y reyes y las numerosas donaciones les catapultaron hasta la cima del poder en la época medieval. A los templarios se les atribuyen gestas como la potenciación de la educación; la creación de nuevas rutas comerciales, tanto terrestres como marítimas, y la construcción de edificios religiosos. Además del poder militar, la orden de los templarios desarrolló un eficiente sistema financiero, y pasó a ser el banco de gran parte de Europa y de sus reyes y nobles, con un nuevo sistema de créditos. En poco tiempo, la Orden del Temple se erigió como una milicia rica y poderosa.

Su rápido crecimiento despertó el recelo y la envidia de nobles, emperadores y gran parte de la Iglesia, muy endeudados con los templarios, y se inició una persecución masiva contra los caballeros del Temple, que culminó con la detención de muchos de ellos y la confiscación de sus tierras y bienes. En el año 1312, el papa Clemente V suprimió la Orden del Temple y sus posesiones pasaron a manos de las coronas regionales y los terratenientes.

Pese al paso del tiempo, la huella templaria sigue presente en muchos pueblos y ciudades de nuestro entorno y la arquitectura de la orden se ha convertido en un importante patrimonio cultural y turístico. Sirvan de ejemplo Miravet, Tortosa, Horta de Sant Joan, l’Ametlla de Mar, Villalba i els Arcs, Benifallet, Corbera d’Ebre y Batea.

Castillo de Sant Joan de Tortosa

La capital del Baix Ebre sufrió un asedio en 1148 y tras la conquista del conde de Barcelona, Ramon Berenguer IV, los templarios obtuvieron una quinta parte de la ciudad. Fuera del recinto amurallado, fundaron un convento y alzaron la Iglesia de Santa María. La iglesia conocida como San Miguel de los Templarios, cuyas ruinas se encuentran dentro del conjunto monástico de Santa Clara, también era de su propiedad.

Una de las mayores compensaciones que obtuvo la Orden del Temple en la ciudad fue el Castillo de la Zuda o de Sant Joan. Declarado Bien Cultural de Interés Nacional, recibe el nombre de pozo sarraí o zuda. El recinto, testimonio arquitectónico de la ciudad andalusí, se construyó en el siglo X sobre la antigua necrópolis romana. De este período restan las bases y el trazado de las murallas, el pozo y la única necrópolis árabe a cielo descubierto de Cataluña. En la época templaria, el recinto albergaba el cementerio de la ciudad, ejercía la función de prisión pública y era sede del tribunal de justicia y del palacio real. Actualmente, no solo es visitable sino que, si el bolsillo lo permite, pueden alojarse en él, ya que alberga un Parador de Turismo.

Castillo de Miravet

Situado en una colina de unos 100 metros de alto, es imposible pasar por Miravet sin alzar la vista y contemplar esta fortaleza. Testigo de varias guerras y hogar de íberos, romanos, moriscos, carlistas y soldados franquistas, el castillo de Miravet fue el elemento más visible de la potencia y presencia de los templarios en Cataluña a mediados del siglo XIII y está considerado uno de los mejores ejemplos de la arquitectura templaria de Europa. En el año 1153 el conde Ramon Berenguer IV, junto a los templarios, tras la reconquista de Tortosa se hace con Miravet y, en agradecimiento, cede el castillo.

Su ubicación lo convirtió en un enclave estratégico para la milicia, ya que desde el castillo tenían un control total de las tierras y del río. Durante su permanencia, se construyen diversas estancias y todas las medidas de control y protección. El recinto fue también la sede provincial de los templarios de la Corona de Aragón y el lugar de residencia del maestro provincial, la figura más importante de la Orden. Su situación también fue clave durante la persecución de los templarios, ya que los miembros de la Orden resistieron en él más de un año.

En 1994, el castillo de Miravet fue nombrado Bien Cultural de Interés Nacional y se abrió al público. Junto a los castillos de Tortosa, Monzón, Peñiscola y Gardeny (Lérida), forma parte de la ruta turística Domus Templi.

Junto al castillo de Miravet, a los templarios se les cedieron diversas tierras cercanas, como Gandesa, Villalba i els Arcs, Ascó, Corbera d’Ebre, Arnes, Batea, Bot, Pinell, Rasquera y Benissanet. Hoy en día aún pueden visitarse algunos vestigios del Castillo de Corbera d’Ebre, como por ejemplo los capiteles decorados con la cruz de la Orden del Temple; la capilla de la Mare de Déu de Gràcia de Villalba i els Arcs, construida en época templaria; el convento de Sant Hilari de Cardó en Benifallet; y los castillos de Algars, en Batea; el de Gandesa y el de Riba-roja.

Convento de los Ángeles de Horta de Sant Joan

También conocido como convento de la Mare de Déu dels Àngels, ésta fue la última construcción de los templarios en Cataluña antes de la abolición de la Orden. Mientras que el castillo de Miravet fue uno de los edificios más importantes des del punto de vista militar, el convento de Horta de Sant Joan lo fue desde el punto de vista religioso. El recinto se encontraba en un enclave estratégico, en medio de los dominios que tenía la comanda de Horta, antiguo camino ganadero por donde pasaban los animales desde una importante ruta proveniente de Aragón. Junto con el castillo de Horta, se cree que el convento podría haber sido sede de la comanda.

También son de origen templario la Iglesia Parroquial de Sant Joan, situada en el centro del municipio, así como la Torre del Prior (o de Galindo), lugar donde la Orden estableció una explotación agrícola.

Castillo de Sant Jordi d’Alfama de l’Ametlla de Mar

Los templarios hicieron de esta torre de vigilancia una fortaleza de defensa y establecieron la sede de la Orden de Sant Jordi d’Alfama para defender la zona. Esta Orden duró poco tiempo, ya que se unió a otra comanda mayor. El castillo fue abandonado y posteriormente bombardeado. Sin embargo, aún pueden verse los restos de la primera fortificación en la playa de Sant Jordi.

La construcción actual permite distinguir un comedor, un dormitorio, las caballerías y una capilla. El domingo más próximo a la festividad de Sant Jordi se celebra la diada del castillo, que incluye una jornada de puertas abiertas y una fiesta popular.

Literatura templaria

Es mérito de escritores e historiadores que muchas de las informaciones y datos de la época templaria hayan llegado hasta nuestros días. El mundo de los templarios siempre ha sido objeto de curiosos y son muchos los autores que han publicado novelas históricas que giran en torno a las hazañas de estos caballeros, tanto en nuestro país como a nivel mundial.

En el caso de les Terres de l’Ebre, el periodista Jesús Ávila Granados publicó en 2009 un completísimo libro bajo el título “Templers a les Terres de l’Ebre” (Cossetània Edicions). Ávila, experto en este campo, desgrana, municipio a municipio, la historia de la Orden en estas tierras tras analizar las evidencias que restan en los territorios de las comarcas catalanas, aragonesas y valencianas.

Otras novelas relacionadas con esta temática son “El anillo: la herencia del último templario”, de Jorge Molist; “Les cases de templers i hospitalers a Catalunya”, de Joaquim Miret; “Templers i Hospitalers. Ordes militars a Catalunya”, diversos autores; “La fi dels templers catalans”, de Josep Maria Sans; y las obras “Templers i Hospitalers (I-IV)”, “L’arquitectura dels Templers a Catalunya”, “Els templers, guerrers de Déu”, de Joan Fuguet.